Autora: Titania Hardie
Traducción: Luisa Borovsky
Editorial: Suma de Letras
429 páginas
Prólogo
Abril de 1600, día de San Jorge, en una posada en el camino a Londres
Un anciano de barba blanca como la nieve se sienta a la cabecera de la mesa situada junto al fuego de un comedor. Mantiene la cabeza gacha y aferra un objeto oscuro y brillante con los finos dedos de su mano derecha. Ante él tiene una mesa cubierta de pimpollos de Rosa mundi, con sus pétalos blancos salpicados de rosa intenso, por lo cual quienes se acomodan en torno a ella saben que cuanto ocurra allí es secreto, la unión del espíritu y el alma de todos los presentes y el nacimiento de algo único, por el cual esperan: el Hijo del Filósofo. Ellos permanecen reunidos en silencio a la espera de sus palabras, a diferencia de los huéspedes de las habitaciones contiguas de la posada, que arman un gran bullicio detrás de las puertas cerradas a cal y canto. Una puerta se abre y se cierra con suavidad, y un arrastrar de pies rompe de pronto el silencio. Un sirviente pasa casi desapercibido al entrar y deposita una nota en las delicadas manos del anciano. Él la lee con lentitud, frunce el ceño y en su frente alta, sorprendentemente lisa para un hombre de su edad, se dibuja una arruga sombría. Después de un largo rato, observa una por una las caras de quienes se reúnen en torno a la larga mesa y habla al fin con una voz apenas más audible que cuando pronuncia la oración de vísperas.
-Hace algún tiempo, en el mes de las luces, el Signor Bruno fue quemado en la hoguera en Campo dei Fiori. Le habían concedido cuarenta días para abjurar de sus herejías: afirmar que la Tierra no era el centro de este universo, que había muchos otros soles y planetas más allá del nuestro, y que la divinidad de nuestro Salvador no era tal, en sentido estricto. Los monjes le ofrecieron besar un crucifijo en señal de arrepentimiento por los errores cometidos, pero él miró hacia otro lado. Como muestra de piedad, las autoridades eclesiásticas colocaron un collar de pólvora alrededor del cuello antes de encender el fuego para que explotase y de ese modo acelerar el fin. También le fijaron la lengua a la mandíbula para impedir que siguiera hablando. -El anciano dirige la vista a cada uno de los hombres con quienes comparte la cena y espera unos instantes antes de retomar la palabra-. En consecuencia, ahora la trama comienza a desvelarse para algunos de nosotros, y aquí comienza otro viaje. -Sus ojos se dirigen a un hombre encorvado sobre una jarra, situado al otro lado de la mesa, a la izquierda. Su vecino le propina un leve codazo y le susurra un aviso para alertarle acerca de la mirada del hombre que habla, puesta únicamente en él. Los dos hombres se miran, como petrificados, hasta que el más joven permite que una sonrisa a medias suavice sus rasgos, lo cual impulsa al anciano a seguir hablando con aplomo-. ¿Existe alguna manera de utilizar la fuerza implacable de nuestra inteligencia para mantener sus ideas de amor y armonía universal tan frescas como el rocío? -pregunta con un tono más enérgico-. ¿Será posible que triunfen 'Los trabajos de amor perdidos'?
1
El canto de un mirlo interrumpió su sueño inquieto a pesar de que las contraventanas de la casa de campo seguían cerradas a cal y canto. Will había llegado a última hora de la tarde, cuando la tenue luz crepuscular de septiembre se había desvanecido, pero el brillo de la luna le había bastado para encontrar la llave de la casa, oculta entre los geranios. Se despertó en medio de la oscuridad, aterrado y extrañamente desorientado, a pesar de que un minúsculo haz de luz lograba abrirse paso hasta el interior de la habitación. La mañana había llegado sin que él lo advirtiera.
Se levantó de un salto y se esforzó por abrir los pestillos de la ventana, pero la madera se había hinchado a causa del clima lluvioso y las persianas permanecieron atascadas unos instantes antes de que descubriera el modo de enrollarlas. Una intensa luz le bañó de pronto en cuanto lo consiguió. Era una perfecta mañana de principios de otoño, los rayos de sol atravesaban ya el velo de niebla baja. El aroma a mirra de las rosas penetraba en la casa junto con la luz y el aire húmedo, mezclado con un característico matiz de lavanda francesa procedente de algún cerco de setos ubicado más abajo. Junto con la fragancia se deslizaban recuerdos verdaderamente amargos, pero al menos restablecían cierta sensación de calma y apartaban de su mente los rostros fantasmales que habían poblado sus sueños.
Aunque la noche anterior había olvidado encender el calentador eléctrico, estaba desesperado por ducharse para quitarse el polvo del largo camino recorrido desde Lucca. El agua fría le pareció refrescante. Se lamentó sólo porque el calor habría aliviado la rigidez de su cuerpo. La Ducati 998 no era una moto adecuada para hacer turismo, sin duda. Era tan quisquillosa como una supermodelo. Resultaba estimulante conducirla porque se adecuaba a la perfección al talante y la excentricidad de Will, al ser increíblemente rápida y absurdamente exigente. Sin embargo, si debía ser honesto, era incómoda después de recorrer largos tramos sin descanso. Sentía las rodillas un poco apretujadas dentro de la ropa de cuero al llegar la noche, pero decidía ignorarlo. Esa clase de transporte no era apta para pusilánimes.
La imagen de su rostro en el espejo le confirmó la opinión materna, que lo consideraba «un ángel un poco caído». Sus facciones guardaban cierta semejanza con las de los extras de las películas de Zeffirelli, con la mandíbula delineada por una sombra de barba. Rió al comprobar que su aspecto actual habría inquietado incluso a su madre. Había algo maniaco en el rostro que se carcajeaba frente a él y se percató de que no había logrado evitar que los demonios de ese viaje se acercaran demasiado a su alma.
Se recortó la barba de varios días en lugar de afeitarse, y mientras limpiaba el jabón de la máquina de afeitar, de pronto, vio, junto al lavatorio, una rosa algo marchita, perfectamente disecada en un antiguo frasco de tinta. Tal vez su hermano Alex hubiera estado allí con alguien en las dos últimas semanas. Sonrió, intrigado ante esa posibilidad. En los últimos tiempos, él había estado tan absorto en sus pensamientos que apenas sabía qué hacían los demás.
-Le llamaré cuando anochezca -se prometió en voz alta, y se sorprendió al oír el tono poco familiar de su propia voz-, en cuanto llegue a Caen.
El transbordador salía casi a medianoche. Antes, quería hacer algunas cosas.
Una calma plácida reinaba en el exterior. Las últimas glicinias trepaban por la fachada de la casa. La casa había permanecido deshabitada durante muchos meses, pero no había evidencias del momento doloroso que atravesaba la familia, salvo algunos indicios superficiales de abandono, como el césped sin cortar y el sendero sin barrer. Daba la impresión de que nadie quería visitarla después de la repentina y terrible pérdida de la madre de Will a causa del cáncer, a finales de enero. Ella podía llegar fácilmente hasta allí cualquier fin de semana largo desde la casa de Hampshire. Había sido su guarida, su refugio. Le gustaba pintar y dedicarse a la jardinería en esa casa. Su fantasma acechaba en todos los rincones aun en ese momento, a plena luz del día. El padre de Will sufría en silencio, hablaba poco y trabajaba más que nunca para no pensar demasiado. Y Alex aparentemente prefería afrontar los acontecimientos sin dar a conocer sus sentimientos íntimos, pero Will se enorgullecía de ser como su progenitora: emocional para afrontar la vida y apasionado en las relaciones. Y allí, en el lugar encantado de su madre, la echaba de menos.
Will comprobó distraídamente que la moto de color amarillo brillante estaba sucia a causa del largo viaje pero completamente a salvo, a la sombra, junto a la casa. Volvió sobre sus pasos. Mientras entraba en la cocina, el aroma a buen café lo transportó de nuevo al presente. Pasó sus manos por los rizos despeinados. Su cabello estaba limpio y el aire cálido ya lo había secado, pero necesitaba con urgencia un buen corte. Sería mejor que se ocupara de eso antes del almuerzo del domingo, cuando se celebraría el cumpleaños de Alex. La relación con su padre ya era lo bastante fría sin necesidad de que tuviera el aspecto de un vagabundo.
Su hermano era más rubio, tenía el cabello más lacio, siempre estaba aseado y cuidado, y Will, después de haber pasado un mes en Roma, había comenzado a parecerse a los habitantes de esa ciudad, lo cual le agradaba, pues le gustaba mezclarse con la gente de cualquier lugar donde estuviera. No había manteca, pero en la despensa descubrió la última tanda de mermelada que había preparado su madre y untó el pan caliente con una cantidad generosa. Mientras se lamía el pulgar, vio en el aparador una postal que le llamó la atención. Indudablemente, era su caligrafía. «Para Will y Siân», ésas eran sus primeras palabras. La tomó entre sus manos. ¿Cuándo la habría escrito?
Miró el anverso de la postal y vio el rosetón central de la catedral de Chartres. Su madre lo había pintado más de una vez, desde dentro, desde fuera. Le gustaba la luz que se filtraba a través de los cristales, la manera en que penetraba en la oscuridad y hacía arder los ojos.
Jugó unos minutos con su teléfono móvil. Ya estaba cargado y, sin apartar la vista de la tarjeta, escribió un mensaje a su hermano.
¡Al fin han invadido Normandía! ¿Has estado aquí últimamente? Mi barco parte de Caen esta noche a las 23.15. Te llamaré antes. Tengo muchas preguntas que hacerte.
Necesitaría combustible para recorrer los sesenta kilómetros que lo separaban de Chartres.

Siento mucho ser tan directa y lapidaria, pero para mí es un libro infumable.
ResponderEliminarAgradezco el trabajo que te has tomado para realizar esta entrada.
ResponderEliminarAvisado quedo. No leeré este libro, ni aunque me lo regalen.
Besos.
Hola Sechat!, que pena que no te respondí antes, es que no entro muy seguido a mi blog de modo que no había visto el comentario. Y pues quería dejarte saber que tu blog me encanta :), haces un trabajo divino! y gracias, por el comentario, que chevere que te haya gustado mi blog. Bueno, mientras sigas posteando yo seguiré visitando tu mundito. Un beso y q pases un lindo día. :)
ResponderEliminarOye muchisimas gracias por tus reseñas! Hace poco estuve a punto de comprar "El contador de cuentos" o algo asi, pero gracias a ti no desperdicié mi dinero (mejor "La Ladrona De Libros" que ah como me dejaba clavada, lloré y reí con ese) asi que pues ya aprendí a no dejarme llevar por el marketing...
ResponderEliminarSaludos y gracias!
Totalmente de acuerdo. Lo leí hace más de un año y ya tenía olvidado casi hasta el título. Comparto todas tus apreciaciones y hasta el costarme acabarlo (lo confieso: las últimas cien páginas fueron leídas en diagonal). En fin, otra campaña de marketing más y una muy bonita portada que promete pero da poco.
ResponderEliminarBueno... gustos son gustos y hay muchas personas diferentes entre el público.
ResponderEliminarA mí tb me pasó que leí un libro que tenía mucho éxito y que a mi hermano le encantó y que se oyó hasta la saciedad pero, a mí no me gustó nada de nada. Todo depende de gustos.
Me suena mucho la portada.
Saluditos, Sechat.
No he podido leer más de unas cuantas líneas de párrafos sueltos y me parece un cagallón de libro, jeje!
ResponderEliminarNormalmente, cuando empiezan situando la escena en tiempo y lugar con una frase aclaratoria, malo: ¿no consiguen situar al lector de otra forma como dejando caer detalles poco a poco?
Por otra parte, creo que más de un cuentacuentos lo podría hacer mejor :D
Si te fijas, las listas de más vendidos no son siempre los mejores libros, si no, los más publicitados. ¿Por qué se lee más a Idelfonso Falconés que a Paul Auster o algún clásico?
Te recomiendo EL LIBRO DE LAS ILUSIONES de P. Auster. Es realmente bonito (sobre todo si estás dispuesta a leer más de él, pues encontrarás agradables sorpresas que unen más de uno de sus libros). O 377A, MADERA DE HEROE de Delibes, que da una curioso giro sobre la visión de la Guerra Civil.
Si te decides a leerlos, ya me contarás qué te han parecido.
Un saludo!
No me convenció la pinta que tenía, así que (por suerte) no lo he leído.
ResponderEliminarUn beso.