- Tema de la semana: el primer borrador.
Hay documentos que nacieron para cambiar el mundo. Tratados, acuerdos, declaraciones, contratos, armisticios, leyes, convenios…
Pero antes de convertirse en documentos solemnes, antes de que alguien los firmara y antes incluso de que nadie pudiera imaginar su importancia, tuvieron que existir como una simple propuesta, porque algo tan importante no sale a la primera.
Y alguien tuvo que escribir Un primer borrador.
Esta semana os propongo que vosotros seáis ese escribano.
Pero que nadie salga huyendo: no hablo de crear algo formal, sino todo lo contrario. Ese documento que nació para cambiar el mundo, ya sea real o imaginario, en su germen primigenio pudo ser algo absurdo, disparatado, gracioso, loco, incluso sin sentido.
Podéis inspiraros en un documento que ya exista o inventar uno completamente nuevo. Podéis imaginar cómo nació, qué circunstancias insólitas llevaron a alguien a ponerlo por escrito, quién estuvo detrás de aquella primera idea o qué disparatada conversación acabó dando lugar a algo que, con el tiempo, terminaría siendo mucho más importante de lo que nadie esperaba.
- Inspiración libre: podéis reescribir el origen cómico de un documento real —¿y si la Declaración de Independencia empezó como una queja por el precio del té?— o inventar uno completamente disparatado.
- El enfoque: centraos en ese momento inicial: tachones vergonzosos, ideas absurdas descartadas a última hora, discusiones estúpidas entre sus protagonistas, malentendidos o la absoluta falta de seriedad con la que empezó algo que acabaría siendo trascendental.
- El tono: ¡Prioridad absoluta al humor, la ironía y el desparpajo!
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EL DESASTRE DEL PRIMER BORRADOR
—Pero mírale… saltando de nube en nube y jugando a provocar tormentas como si no tuviera nada mejor que hacer. Es como un chiquillo. ¿De verdad es el mismo dios que venerarán por generaciones? ¡Esto no es serio!
—Yo diría que parece más cándido de lo que es. Me quedo con nuestro Olimpo, por descontado. También soy más de terremotos y fuertes marejadas que de esa cursilería del barro para crear a los humanos. Por otra parte, estoy convencido de que la gloria nos perseguirá aún por siglos. Hazme caso, Zeus. Seguro que Hermes ha escuchado mal el mensaje.
—Os noto muy ufanos, sobre todo a ti Poseidón. Como si no supiérais que en cualquier momento podemos ser eliminados de la memoria de las gentes. Porque seamos sinceros, Zeus, tú estás ya para pocos trotes...
—Atenea, serás muy sabia, pero tu sabiduría raya con la insolencia, ¿no crees?
—Padre, solo digo que negáis la evidencia: vencerá sin lucha por su parte.
—Eso no lo verán tus ojos, Atenea. ¿Tus palabras responden a sabiduría o más bien a estulticia? —rebate Ares entre risotadas.
—Dímelo tú, Ares, ¿no eres acaso el dios de la guerra? ¿Qué mérito hay en arrastrar a la destrucción a las criaturas que consideras tan insignificantes?
—¿De verdad vamos a pelear entre nosotros? No malgastemos energías en la violencia —interviene Afrodita conciliadora.
—¡Qué cansina eres, Afrodita! Deja que los mayores hablemos —tanto Zeus como Poseidón secundan con risas a Ares.
—Aresito no finjas que eres superior a mí. Cuando nos encamamos no opinas igual sobre mis argumentos. Así que chitón, si no quieres dormir en el sofá por el resto de tus días.
—¡Niños, callad! Algo está sucediendo ahí abajo.
***
—¡Jo, tía, no te lo vas a creer! Anoche estaba escribiendo el borrador sobre dioses clásicos y para mantenerme despierta decidí tomarme una infusión. Pero me equivoqué y me tomé maría… ¿Qué hago? Tengo que entregarlo hoy y ni siquiera sé quién es Zeus.



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Atenea, quien por algo era la preferida de Zeus, y Afrodita la más celebrada de las diosas, resultaron ser las más sensatas del Olimpo.
ResponderEliminarMe gustó la imagen de Zeus durmiendo en el sofá.
Abrazos.